Favor de acariciar a la Rocamadour.

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Pesadilla y Amor


"...y ante algo más de lo mismo creí en lo distinto, porque vivir era búsqueda y no una guarida"


Era lo mismo.
Al oído, el timbre era exacto:
Llano y banal,
desacostumbrado a llantos y caricias.
Filoso, como la espina de un rosal herido.

Eran lo mismo!
Lo juro!
Cada alto, cada bajo,
cada arrastre de letras y de expresiones 
nadaban a la misma altura
y tocaban el mismo lugar dentro del pecho
que tocaría una alondra,
un gorrión.
Un Cuervo.

Y yo moría de amor,
me quemaba las alas la agonía
de sentir su asencia declarada 
ante mis pasos...
Y cada segundo, cada hora, cada día
soñaba el reencuentro, el beso...

Pero hallé una macabra sorpresa:
Mi Amor es sólo mío, porque no lo quiere nadie más.

Al oído
Pesadilla y Amor eran lo mismo.

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De donde Soy


De donde soy

las cosas no sonríen
y cuelgan telarañas opacas de los rincones
de los armarios oscuros y enpolvados.

La melancolía respira bien cerca
de la nuca de uno
y le eriza los vellitos
nomás en pura desesperación.

La tristeza, la angustia
enfrían el hálito moribundo
en los pulmones... y se siente el ansia en el estómago,
en la piel de las mejillas.

Un escalofrío le recorre el alma,
y un pinchazo de muerte y de dolor
se le espaca a la esperanza de los labios.

Cómo duele la ausencia...

Dónde yo nací,
las cosas sollozan en murmullos callados
y lamentan
la pérdida del amor que ha desaparecido.

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Como la vida




Somos como dos locos,
como dos arroyos de cántaron pulidos,
cálidos
y suaves..

Somos las quimeras y los dragones,
las criaturas que la gente toma por azar,
por destino,
y que teme... porque no tienen lógica,
porque los colmillos, las garras y el veneno
mantienen a raya sus comentarios, alabanzas y castillos.

Somos dos forajidos de este mundo,
somos exiliados.
Exiliados de las costumbres y de lo cotidiado,
de lo banal.

Torcimos el camino,
cambiamos el sendero por el Cosmos,
por la Luna, las estrellas...
Devoramos planetas, pulsares y agujeros,
y tejimos hilos plateados con las partículas suspendidas
de amor, de rabia, de suspiros.

Tenemos el coraje,
el temor,
la falta de conciencia
para tragarnos la nada por las pupilas
y para escupir fragmentos de vacío por la boca,
por los oídos...
Para desperdigarlo por la punta de los dedos.

Para Amar, escribir y pensar en francés,
en italiano...
En romances acaecidos firmemente en el latir de los faroles,
en las fibras lumínicas del aroma a distancia
y a penumbra.

Juntos, somos como la vida:
unánime,
triste,
sin ton ni son,
acalambrada, tétrica...
desolada a mar y cielo.
Necia y ruin:
incomprensible.

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Canción de la Venganza


Pero mira a quién me he hallado!
mira quien se asoma bajo los velos raídos,
bajo las lozas manchadas por el heno y la paz
de la desesperanza.

Mira quien, bajo su manto y su halo de tristeza,
de dulzura,
de hipócrita comprensión y talento,
asoma unos ojos temerosos del Vacío y de lo Que No Conoce.

Ah... y me alaba,
se desvive en besos y en adoranzas a lo largo de mi paso
y recoge los pétalos caídos de mis lágrimas,
para hacer corolas de amor, de olvido.
Se yerque ante mí, bella y sombría
y me reverencia con la manga de su sayal inmaculado.

Un halo oscuro le envuelve la cara
pero me presume una auténtica sonrisa de dientes pequeños,
inofensivos... mientras su lengua,
dentro de su boca,
sufre arcadas violentas bien disimuladas.
Yo sé que,
bien dentro de su garganta,
allí donde late lo que muchos llaman corazón
(yo lo llamo Bestia)
mastica mi nombre en la caldera eterna de su odio,
de su incompresión.

Cuánto odio la pureza sutil, voraz:
intencionada.
Cuánto la valerosa mano que se tiende, incondicional
pero condicionadamente.
Cuánto a los personajes trajeados de blanco
en pedestal, con brillo en las uñas y en los ojos
que,
detrás de sí,
guardan un puñal ensangrentado.

...y aguardan, aguardan.
Y a mí me peina su presencia porque finge ser cálida,
y me consuela a medias en sus palabras saturadas de mensajes,
de objetos y metáforas ultra positivistas.

Me da repelús, desconfianza...
como se desconfía de un castillo naipes en la nieve.

Al miedo se responde con miedo.
Al recelo, con desconfianza.
Y lo siento muy bien dentro de las entrañas como para dejarlo pasar sin más.

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Tarde


-- Mande....- dijo el muchacho cuando un suave murmullo se coló, indecifrable, bajo el rumor de la tormenta.
Del otro lado de la mesilla de café, una chica miraba los goterones resbalar a través del frío cristal de la ventana. Su cabello estaba mojado y recojido en un pequeño montón tras su nuca. Aún le resbalaban gotas de lluvia por los mechones de la frente y su nariz, roja y fría, respiraba con agitación.
Volvió los ojos castaños hacia el muchacho.
-- Qué te quiero.- dijo.- He dicho que te quiero. Te quiero sobremanera.
Los labios estaban húmedos y entreabierto, además de un poco pálidos. Tras de ellos, sus dientes temblaban ligeramente y sonrió.

A las puertas del café, una cortina de agua cerraba el paso a la acera y, por ella, corriendo a lo largo de la calle, pasaban personas desconocidas al amparo de cualquier objeto que detuviera el golpeteo de la lluvia sobre sus trajes. Las luces de los faros se distinguían como borrosos espectros iluminados a través de la niebra formada en los cristales y, a lo lejos, las luces de la ciudad se desfiguraban tras la sombra de los extensos nubarrones.
Había un agradable ambiente a cacao, y un aroma a chocolate. El vapor de las bebidas se elevaba por en medio de sus caras y tejía figuras delante de sus ojos. El aire se respiraba cálido, algo húmedo; impregnado por el olor de los abrigos mojados, de la piel erizada bajo el frío de la tarde.

El muchacho la miraba, atento. Veía sus mejillas sonrojadas por el calor del café, arreboladas en un gesto de ternura disimulada, de confianza. Su muñeca de se doblaba de vez en vez, inclinando la taza hacia sus labios pálidos y desganados. Sus ojos estaban perdidos en la vista a humedales de la ventana y, las pestañas, caían pesadamente mente aún bajo ciertas gotitas de vapor.

Tomó su otra mano, la que no sujetaba el cafecillo tibio enmokado. Cogió sus dedos suavemente, con delicadeza, del borde de la mesa. Aún estaban un poco fríos.

-- Yo también te quiero, Fer.

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Lágrimas


¿Para qué estas lágrimas?
¿Para qué esta lluvia,
esta tormenta de sal y de amargura?
¿De qué sirve este festín
de sepultureras fúricas,
reprimidas...
De fieras azules de insomnio; de impotencia?
Me duele el cielo,
me arde el alma...
y el corazón se me sale a borbotones por los ojos;
se me escurre por la garganta...
Brotan;
emanan de mí estas perlas afiladas como cuchillas,
como armas eternamente ocasionales del fracaso,
de la desesperación.

Y sangro,
sangro agua y miel.
Sangro tristeza...

Siento las neuronas
y el espíritu escurriendo, derretidos
por mi tráquea.

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Memoria


Oh, Corazón… Frénate y vuelve de la encrucijada… que el Arte sueña despierto y la Belleza se queda muda en la Arena de la memoria recóndita abnegada.

— ¿Qué si no?- me dijo. Y me sonrió con esos dientes bien grandes y bien suyos. Su risa desenvuelta me caló y me llenó de confianza; de confianza apenas real, apenas constante, pero en ese momento todo el mundo pudo jurar que era Confianza. – Ya verás como ponemos pronto a la fiesta a nuestros pies…

— Por Dios, relájate. – y reí suelta, despreocupada.- es apenas una fiesta. Dime ¿Qué tienes pensado tocar?

Él respondía; sordo, fluido y arrogante. Hablaba de actualidad y de propuestas musicales, de sonidos innovadores, de trompetas, de augurios, de malos comentarios. Respingaba de fama y de fortuna, de éxito… y yo lo miraba soñar: completamente despierto, completamente consciente. Completamente distante.

Me miraba a los ojos y me repetía una y otra vez la teoría, la propuesta, mientras yo sólo guiñaba y me desprendía un momento de su voz y viajaba hasta el confín de su aventura fantástica, de su esperanza.

Nunca tuve esperanza allí, lo admito. Su voz me ensoñaba y me desmaterializaba bajo el sol seco y constante de las mañanas de mayo; pero nada más. Oírle era un viaje hacia una vida que no era la mía, ni la suya: su voz era la esperanza viva, retorciéndose, aullando. Él contaba, se sabía de memoria toda la vida de la Esperanza.

Olvidé un momento la propuesta. Me reacomodé sobre el cofre del auto azul en el que me recostaba y miré un momento el árbol sobre mi cabeza. Era toronjil, era lima, era manzano, yo qué sé… el aire pasaba entre las ramas y mecía las hojas, susurrando. La brisa me azotaba la cara y yo le oía, suave, perspicaz; completamente ajeno a mí y a mis delirios, hablando, hablando…

— Entonces.- irrumpió en mi locura.- ¿Qué te parece mi banda?- y me sonrió cómo si nada más existiera, como si el árbol, el auto, las hojas, la misma brisa no fueran testigos de su fe, de su falta de paciencia hacia mi voto final, hacia mi jugada.

La pregunta me cayó de sopetón y me volvió la cara hacia la vereda: un camino de gravilla polvosa alzada por el airecillo fresco. Más allá, había una puerta entreabierta y se colaba por entre las rendijas y las ventanas en sonido sordo de las guitarras y una batería ofuscada de acordes entablados.

—Eh, dime…

— Creo que son buenos.- dije, y agregué, casi como una disculpa: Aunque sé que no les caí nada bien.

— Naaaaaahh, no es eso. No es nada de eso… ya se acostumbrarán a ti. Jo, esos batos. El bataco es algo mamón y cae medio pesadito pero….- ¡y habló, y habló! y yo miraba sus labios delgados moviéndose eclipsados, poseídos. Y de nuevo oí mencionar “arte”, “belleza”, “fantasía”, “fama”, “éxito” mal, es verdad. En falsos contextos. En malas metáforas. Escuché todo un océano de verbos y de palabras; toda una avalancha de persecuciones atroces de conceptos, formas y defectos… y yo me quedaba muda: completamente indiferente a la brutalidad y la bestialidad con que aquel muchacho (encintado al pecho, orgulloso, arrogante… con guante y plumilla en mano) desperdigaba lo único en lo que yo creía: La Esperanza.

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Líneas de Ocasión by María Fernanda Pérez Ramírez is licensed under a Creative Commons Atribución-No comercial-No Derivadas 2.5 México License.