Favor de acariciar a la Rocamadour.

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Me voy

Me voy...
Me voy yo: sin el mundo.
Si al mundo no lo jalas,
se queda.
Rodando,
gimiento,
manoteando, desbordando y terminando
se muere.
Y quiero vivir.

Quizá arrastrando al mundo,
porque si yo no lo muevo:
se queda.

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Con o Sin "migo"


Hora crepuscular:

muerte rojiza del Sol, cual astro.

Caída de la noche, sutil, ligera,

grácil, como mariposa noctámbula

que se posa en las nubes,

oscureciéndolas.


Calor de atardecer dormido,

metralla de cielo fundiéndose,

tras los cristales,

danza del polvo,

soliloquios enternecidos entre los libros.

Alucinaciones perdidas,

solitarias y desterradas habitan los tomos y las enciclopedias.


Torrentes orales vienen,

palabras van: viven, mueren, existen, son...

luego ya no son más.

Las pesadillas coexisten,

respiran...


Yo tengo mucho miedo...

Retuerzo las rodillas,

enredo los dedos de mis manos,

titubeo, albergo, lloro, quejo, siento...

pero no me es válido mentir;

así que tomo aire: vierto Vida

y me descubro...


Entonces el mundo funciona como espejo,

y yo me veo,

otra vez,

Humana.

Con lunares, manchas y marcas de nacimiento,

y me percato

(oh, Sisma Oscuro, Tabernáculo de la Discusión, Templo del Sufrimiento)

que no seré la misma nunca más,

que me está vetado,

que,

en realidad,

no quise, no quiero...

no voy a querer serlo.


Y que las aves, las ranas,

y las estrellas, las runas, las muecas, las ovejas y los mostruos quiméricos engendrados en terrores medievales,

van a seguir cantando para mí.

Seguirán cantando:

Con o Sin "migo".


Con Cordero,

y sin Cordura.

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Despedidas


¡Ah, las despedidas!
El día, cual mata de luz gelatinosa y gris, cuajaba de gotas los cristales nublados por nubes oscuras, por robustas danzarinas que lejanas, hacían silbar al viento la canción de la tormenta, justo en el preciso momento en la vida los forzaba a separarse.


Ella asía una maleta cascaruda y descompuesta: mal cerrada, que dejaba escapar ciertos jirones de prendas increíblemente sencillas y desconocidas, con la diestra. Mientras que la zurda empujaba, neciamente, unos pesados armazones de pasta oscura sobre sus más oscuros ojos, oscuras cejas, tupidas pestañas y viscosas lágrimas de goma triste y chamuscada. Su piel se erizaba de frío bajo la camisa de cuadros marrones, ciertamente ligera, ciertamente desgarbada y más ciertamente poco propia para la ocasión. Los jeans, con sendos agujeros descocidos en las rodillas delgadas y gráciles, tapaban, en su caída, unos gastados tenis de tela con diversas manchas misteriosas; poderosas testigos de múltiples anécdotas y recuerdos, muchos de ellos reprochables y amargos, como el café.


Lloraba, ciertamente lloraba. Derramaba gota tras gota su tristeza encarcelada tras los limpios cristalinos. Sollozaba, silenciosamente, con los labios entreabiertos, ligeramente resecos, sobre unos dientes medianos firmemente apretados. La cabeza erguida, el cuello firme, un poco hosco: parecía atorado. El puño que sujetaba el asa de la maleta duramente cerrado con decisión.


Atrás se quedaba la vida, el amor: Todo.


Se quedaba Él, su Madre, su inexperiencia. Su confianza, sus certezas, sus años vividos. Se marchaba, se alejaba para siempre del sabor cálido, un poco salado, de los chocolates de la abuela… y del sabor condimentado y vigoroso de los besos, de los abrazos y de los tequieros contenidos.


Y Él la fue a ver marchar. Sin decir nada. Sin abrir la boca, de labios delgados y trémulos.

En su silencio, le dio un beso final; un beso cargado de reproche, dolor y amargura, de hiel congelada y humedecida por el clima y por la angustia... Le abrazó…


Y ella sólo pudo romper en llanto por la avenida, sin decir siquiera Adiós.
Sin alzar la mano para insinuar un hasta luego.
El último beso le sabía, a ella, a reto. A insulto de universidad… a tentación… Pero la maleta estaba hecha y las despedidas dichas.


Sólo alcanzó a decir Te Amo antes de volverse y andar...

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Llovizna


Seguirte a todas partes,

procurarte de las sombras,

del incomparable olvido de las palabras y las alondras matutinas,

del ruido de la arena

o del silbido agudo del viento por las tardes;

me resulta una tarea agotadora,

irrealizable,

un poco necia, un poco estruendosa y suicida,

medio lenta,

medio tonta,

mitad divina y terrenal.


Y es que creer en tus palabras es un deporte peligroso!

Es pasear por el risco de la icertidumbre y del amor...


Pero hoy

que te he seguido hasta este parque

donde las nubes se alborozan, grises e hinchadas por la brisa y el clima huracanado,

agitando las hojas de los amates y jacarandas florecidas,

vuelvo a saltar,

vuelvo a creer; más por necesidad que por destino,

en esos ojos miel,

en esos labios.

En esta lluvia.

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Yo te quiero




Ven, enciérrame entre tus dedos,

entre tus sueños recurrentes, entre tus destellos acuamarinos,

entre las claras y las yemas de tu voz rechoncha, como las manzanas

y rojiza, como tus mejillas cuando digo que Te Quiero,

que Te Adoro,

que te vengas a vivir conmigo...


Y que olvides tu dolor y tu pena

debajo de las almohadas que todas las noches te vieron llorar,

gemir y manotear por culpa de la Duda,

del Odio

y de los resentimientos.

Que te vieron destrozar tu plumaje níveo de paloma,

de gorrioncillo recién volado,

al estrellarte contra ese Muro, contra ese Calabozo.


Vamos, mi niña,

déjalo estar allí.

No tiene caso que intentes reponerle,

no tiene sentido que sigas alimentándole las garras con tu sangre,

tus lágrimas

y tus deseos...

Que sigas abofeteándole con tus reproches,

cuando yo sé,

cuando tú sabes QUE NO VA A COMPRENDER.


No seas necia, pequeña.

No te enterques en conseguir de esa roca vacía,

ni siquiera Agua!

Mucho menos Amor!


Porque Amor vive dentro de uno mismo,

porque los deseos, esperanzas e ilusiones nos pertenecen a ti y a mí,

a ningún otro,

a nadie.

Tú sabes que esas nunca nos abandonan,

como tampoco Dios,

o tampoco el arte...

O los miles de pequeños nubarrones que te insisten, cuando usas flores en los cabellos

y perfumas tus labios con esencias afrutadas de promesas, de idílicos encuentros.


Yo te quiero, Nena.

Yo te quiero.

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Lejos

Eduardo Vega. "Lejos"



Ah... el sabor a Traición.

El indiscutible aroma a odio y resentimientos

pulidos bajo el peso de cristales de amargura, celos y revancha;

recocidos bajo el sol de un medio día sangriento y acongojado,

se me avalancha en las arterias, en la lengua.



El zarpazo, el golpe certero de la Revelación de "Tus Misterios"

me llegó,

como una gota gélida de cordura y despertares,

desde tu universo de urracas furiosas y fieras encabritadas;

desde de tu mundo de vinos, maracas y aventuras:

de tus fronteras de incredulidad y de hedonismo.



Se escucrrió,

despacio,

por mis caderas;

con el ritmo insoportablemente cruel

de las caricias tuyas,

e invadió mis reinos suturados de arte y poesía angelical,

derrumbando mis murallas de coraje y valentía.



Me tatuó la Soledad, de vuelta.

La decepción, el odio y la poca tolerancia a tus errores

me constriñó el alma en un puño de reproches:

Éste el Mayor, el más Cruento de todos:



Mentiroso... Maldito mentiroso.

Estafador de amor, de confianza y de ternura.

Judas de la Verdad.

Cobarde por Excelencia.

Ahora... después de tanto tiempo,

me doy cuenta "con quién" debiste haber estado;

Así me odiarían los dos, sin premura y con absoluta libertad,

bajo el total amparo de la Justicia,

sin ninguna necesidad de empujarme al borde de un barranco

para verme arder,

entre mis propias úlceras y llamas,

hasta consumirme.



Incéndiense ustedes,

muéranse, si quieren....



Pero bien, bien LEJOS de mí.

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A ciencia cierta



Como estás,

como estoy...

Así: a más de un millón de metros de distacia,

a unidades astronómicas incontables,

a infinidad de años luz:

estamos mejor, mucho mejor

A Ciencia Cierta.


Y aunque (confieso) intento equiparar mi dolor

con el que tú acunas,

curarme las heridas con las lágrimas tuyas que no obtengo,

y sentirme buena,

plena,

a costa de este abismo que se abre entre tu alma y la mía:

Sufro.


Sufro este vacío, esta soledad, esta agonía

que se pierde, en las aguas oscuras de las horas;

que se difumina, se diluye,

se incorpora, mimetiza y desaparece,

mecida por las olas de la desesperanza y del rencor.


Es verdad.

Nadie me dijo que fuera a ser fácil...

Así que cada día es un acopio inhumano de fuerzas, de valor, de necedad

para no gritar tu nombre al eco distante del futuro,

y para no escribir palabras sosas que nadie entiende,

que sólo tú conoces,

y que ya estoy harta de repetir.


A demás. no vale la pena.

Estamos separados.

El uno alejándose, sin rumbo, del otro.

Endureciendo los nervios del tronco y del cuello

para no mirar atrás...

Fijando los ojos en horizontes cercanos,

en metas objetivas,

y saltando del enorme risco que es el Desamor.

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